Crónica: Se cumplen 30 años de la tragedia de Murallas, en el Putumayo

«El niño nació en el barro y por supuesto había muerto. Lo colocamos en brazos de su madre inerme. Muchos lloraron al observar esa escena dantesca pero conmovedora. Al otro día llegó su esposo y sumido en el más inmenso dolor se la llevó para Nariño».

Esta es la crónica de Jesús Arnoldo Ortiz Bravo, un sanfranciscano que relata, lo que quizás fue, la segunda mayor tragedia que ha sufrido el Putumayo, después de la avalancha de Mocoa.

Corría el día 19 de julio de 1991 de una jornada normal en el pequeño municipio de San Francisco, entonces, me desempeñaba como secretario administrativo de dicho territorio que había sido elevado a la categoría de municipio a través del Decreto presidencial 2830 de 1989.

Esperando la llegada de la fecha patria del 20 de julio, nos propusimos en organizar un evento que contara con la participación de un piquete del Ejército y de la Policía, y en el orden del día había desfiles por las calles de San Francisco, una parada militar, atletismo, ciclismo y una alborada musical que sería amenizada por la Banda Ecos de Oriente.

El día era nuboso, pero no llovía, más bien había un bochornillo que despertaba cierta tristeza, como si la naturaleza en su quietud pretendía avisarnos de lo que estaba pasando a menos de 30 kilómetros de la estrecha vía que, de San Francisco conduce a Mocoa.

En horas de la tarde, terminamos de pulir el magno evento del día siguiente; eran aproximadamente las 3:45 de la tarde, me dirigí a la casa cural para solicitar permiso para realizar la propaganda a través de los alto parlantes.

Llegando al atrio de la monumental iglesia, nos encontramos con la señora Martha Mayoral, quien ocupaba el cargo de inspectora de Policía Municipal y me dijo, “Arnoldo no haga esa propaganda porque dicen que en Murallas acaba de pasar una gran tragedia”, pensé que era solo un derrumbe de tantos que saben taponar la vía.

Seguí hacia mi objetivo final, y me acordé que mi hermano Luis Roberto Ortiz venía en camino desde Mocoa hacia San Francisco, y, sin pensarlo dos veces, di media vuelta y salí corriendo hacia la vía nacional que pasa por el poblado.

En la entrada del pueblo ya había más de un centenar de curiosos esperando noticias.

Le pregunté a mi madre sobre la suerte de Roberto y me respondió hay que tener fe, a él no le pasará nada porque hoy lo encomendé a la Virgen Santísima.

Ante su seguridad, no tuve más que seguir conversando con los paisanos preocupados por la suerte de sus seres queridos.

A poco, llegó un vehículo y descendió la señora Nidia Suarez, quien poseía un restaurante a más o menos trescientos metros del puente sobre el río Murallas; corrimos todos a escucharla, pero ella, solo nos observaba como perdida, y lloraba, y lloraba; y no paraba de llorar, al final una señora le pasó un vaso de agua y con ello, luego de un largo silencio expresó: “¡Fue horrible! ¡Fue horrible! La montaña se cayó y tapó a mucha gente, y se perdieron todos los carros incluyendo buses. El profe Daniel Cerón se regresó antes de caer el derrumbe hacia su bus, y no volvió”.

La desesperación y la esperanza, se confundieron entre los sanfranciscanos que teníamos familiares en ese trayecto. Empezamos a orar, y algunos cogimos hacia el puesto de Telecom buscando noticias, pero el lugar, estaba repleto de paisanos y solo existía un solo auricular.

Como a las diez de la noche se reportó Roberto, que por la mano de la Virgen Santísima, como dijo mi madre, no alcanzó a llegar al fatídico sitio. Lo salvó la campana veinte minutos antes puesto que un pequeño derrumbe después de Las Marmoleras detuvo a la camioneta en donde venía el entonces candidato Salvador Lasso.

La noche transcurrió entre el descanso de saber que Roberto se encontraba a salvo, pero con la tristeza del desconsuelo de la incertidumbre de saber qué paso con mi profesor, Daniel Cerón.

El cuerpo de bomberos se había despachado hacia el lugar, pero el invierno siguió arreciando haciendo más lúgubre esos momentos de espera de noticias.

Al otro día muy temprano, el señor alcalde, Marcelino López Bravo, muy preocupado me dijo, “es muy grave el problema, esperemos”, me encomendó la coordinación del recibimiento de los posibles occisos, adecuamos el primer piso de la alcaldía para ello, pero sin tener ni idea de la magnitud del problema que se venía.

Siendo las diez de la mañana, llegaron las primeras noticias serias: El profesor Daniel Cerón, el ingeniero Insuasty y otros, habían muerto, y no se sabía la suerte de una ambulancia que venía desde Puerto Asís en la cual viajaba la señora Isabel Mayoral.

El temor y la impotencia empezaron a dispersarse entre los sanfranciscanos, gente de todo el Valle de Sibundoy empezó a llegar a la alcaldía en busca de noticias de sus familiares.

Eran como las 11 del día, y llegaron los primeros vehículos con restos humanos, y, como funcionario público encargado del orden, me correspondió junto con el secretario del juzgado, el señor Jaime Serrato Chamorro y el médico del centro de salud se procedió a verificar uno a uno los restos de nuestros amigos, y de muchos colombianos que pasaron por esta vía que como un dragón se llevó sus vidas para siempre.

El primer piso de la alcaldía se convirtió en el lugar de la muerte. El olor a carne fresca invadió todo el edificio; comenzamos a buscar entre los cuerpos, y efectivamente allí estaba mi profesor Daniel Cerón, sin vida, pero con el rostro amable.

Allí se encontraba también el cuerpo destrozado de mi amigo Mario Barrera, a quien algunos no lo reconocieron por su estado. Así pasó el 20 de julio, sin fiesta patria, solo con el dolor de muchos sanfranciscanos, sibundoyenses, colonenses, santiagueños, nariñenses…

El levantamiento oficial de restos humanos, se prolongó hasta las nueve de la noche. Mi cabeza daba vueltas por la impresión, pero también por el olor raro que despedían los cuerpos despedazados.

El día 21 de julio era un domingo, los paisanos estupefactos acudieron a la iglesia a orar por los difuntos, y de paso llevamos varios cadáveres que no fueron reconocidos par ofrendar una eucaristía en su honor.

Los lugareños no dudaron en cargar las rústicas ataúdes. Los cuerpos completos no reclamados, los colocamos en bóvedas prestadas, y los restos irreconocibles, los ubicamos en una gran fosa que se abrió y que tenía un aspecto de gran boca siniestra dispuesta a llevarse a los infortunados.

Durante el día, llegaron más restos humanos rescatados. A eso de las 6 de la tarde, en la improvisada morgue seguimos con la penosa tarea.

Había una bolsa con un cadáver, entonces ordené al médico proceder a abrirla mientras el secretario del Juzgado describía hábilmente en su máquina Remington lo que el médico señalaba.

Al observar el contenido, el médico estiró un cadáver totalmente molido pero la piel lo contenía, y era un hombre de aproximadamente 1,80 metros de estatura, pero cabía en menos de la mitad de un costal de cincuenta kilos.

También encontramos con gran dolor al ingeniero Gabriel Insuasty, un sanfranciscano inquieto, buen profesional, le gustaba el fútbol y la política, su deceso nos causó mucha tristeza puesto que era un joven con muchas aspiraciones y tenía muchas ganas de ayudar a su pueblo.

Al hacer la revista, encontramos a una señora que tenía el rostro de dolor, pero no era por los golpes implacables de la avalancha, era porque había estado en gravidez de aproximadamente 8 meses y se dirigía a Pasto a tener al bebé de sus amores.

El niño nació en el barro y por supuesto había muerto. Lo colocamos en brazos de su madre inerme. Muchos lloraron al observar esa escena dantesca pero conmovedora. Al otro día llegó su esposo y sumido en el más inmenso dolor se la llevó para Nariño.

En menos de 3 días, habíamos levantado a más o menos 30 personas caídas en el fatídico “Murallas”.

El día 23 no cambió el escenario, no se podía atender al público porque llegaban más cadáveres, pero eran restos humanos simples, es decir, habían pies, pedazos de carne humana, dedos, y manos.

Se ordenó ubicarlos en una urna de madera rústica, pero llamó la atención de una mujer que lavaba con gran cariño un pie, y le pregunté que, por qué lo hacía, y me contestó que, podía ser el de su esposo, que había desaparecido en el derrumbe y que no lo encontraba.

A eso de las once del día, llegaron dos camionetas Toyota nuevas, con sus ocupantes que a todas luces demostraban ser personas adineradas o de clases sociales altas. Solicitaron que se les mostrara el cementerio y las tumbas en los que habíamos colocado varios cuerpos. Y efectivamente allí encontraron a un hombre joven, un familiar de ellos.

Me tocó hacer los documentos de entrega, y por la ventana del segundo piso de la alcaldía, observé que una joven que dijeron era su esposa, lo coloco entre sus piernas, y lloraba sin descanso y lo besaba sin importar el tiempo que había transcurrido sepultado.

Se le solicitó que se bajara para colocarlo en un ataúd, pero no obedeció, y se fue con su amor perdido hacia la ciudad de Cali. Fue una escena que demostró hasta dónde llega el amor humano.

Por la noche, el alcalde ordenó que los cadáveres que llegasen, se ubicaran en la parte posterior del lote de la alcaldía, se organizó una morgue provisional.

A eso de las diez de la noche, me buscaron porque habían llegado otros dos caídos en el tétrico lugar de Murallas. Nos desplazamos con el citador, señor Vivas, con el señor Jaime Cerrato, y con el señor Arquímedes López.

El temor a la muerte nos invadía, sin embargo, el señor Vivas tomó una linterna y se adelantó para darnos valor, pero al alumbrar los rostros de las dos señoras, una de ellas tenía sus ojos abiertos y con la luz de la linterna pareció que cobraron vida, y nos asustamos mucho todos.

Uno de nosotros elevó una oración por esas almas, y todo volvió a la tranquilidad y realizamos el levantamiento del acta correspondiente.

Se dice que murieron más de 120 personas, aunque oficialmente nunca supimos cuántos rescataron del lado oriental de la vía y que fueron conducidos directamente a la capital del nuevo departamento: Putumayo.

Esa noche, los perros domésticos, hicieron un homenaje a los muertos y aullaron lastimeramente toda la noche imponiendo un ambiente de temor y de terror entre los habitantes del casco urbano de San Francisco, que atónitos se guardaron en sus casas, apenas cayó la noche.

La preocupación rondaba entre los compañeros de la alcaldía porque una hermana de la señora inspectora no aparecía. Al otro día nos fuimos hacia el lugar de los hechos con el señor Obispo de ese entonces que bajaba a celebrar una misa en Murallas y a declararlo campo Santo. Íbamos callados, cabizbajos y temerosos. Cuando llegamos al sitio, no lo podía creer. La vía, en más de 500 metros estaba cubierta de lodo piedra y madera, y la parte del cañón del río Murallas expresaba la magnitud del derrumbe.

Como cosa curiosa, en la parte del bosque alto, la avalancha había subido a un camión a los árboles.

El señor Obispo, empezó a celebrar la Santa Misa, se encomendó a todas las almas de los infortunados, y especialmente se rogó para que apareciera la ambulancia que venía de Puerto Asís, y en donde estaba supuestamente Isabel Mayoral.

Los cuerpos de bomberos voluntarios de Mocoa y San Francisco, la Defensa Civil de Sibundoy y otros entes de socorro escarbaban por todos los lados, y al terminar la Santa Misa, se dio la noticia agridulce: Isabel había sido encontrada dentro de la ambulancia junto con otros cuatro cuerpos.

La expresión de la bella Isabel era de terror al observar que se venía el derrumbe contra ellos, pero su belleza estaba intacta. No podíamos con el dolor de encontrar a una persona tan joven en ese estado.

En el día siguiente, las radioemisoras de la ciudad de Pasto, la Voz del Galeras, Ecos de Pasto, y otras de Cali, me entrevistaron largamente sobre lo sucedido, y esto sirvió por más de una semana como titulares de los noticieros tanto radiales como escritos en esas ciudades y en Bogotá.

Hasta el día Jueves, solo del lado de San Francisco, se habían rescatado cincuenta y cuatro cadáveres, otros fueron llevados directamente del derrumbe hacia Mocoa y municipios del Bajo Putumayo. De algunos restos se supo que se encontraron en el sector correspondiente a Puerto Umbría.

El día jueves, 25 de julio, el edificio municipal tenía un olor fuerte, seguramente pedazos de piel, y pequeños restos habían quedado en el patio.

La secretaria del despacho del alcalde convulsionó, y muchos empezaron a sentir dolor de cabeza, hasta que se me ocurrió solicitarle al señor Arquímedes López auxiliar de servicios generales que buscara un bulto de hojas de eucalipto verdes y secas.

Al llegar hicimos unas fogatas en el patio, y en cada oficina del edificio municipal, el humo empezó a penetrar todos los rincones del frío edificio, y salió por las ventanas llevándose no solo el aire pesado que se respiraba, sino también los recuerdos de un funesto hecho que enlutó a muchísimas familias del sur de Colombia.

Enviamos oficios bien fundamentados con fotografías del lugar, con los pedazos de restos humanos al señor presidente, Cesar Gaviria Trujillo, a su ministro de Transporte, pero se guardó un silencio cómplice, más frío que el de la misma muerte que campeó por más de ocho días en la vía conocida como El Trampolín de la Muerte.

Jesus Arnoldo Ortiz Bravo, autor de la crónica.
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